domingo, 9 de enero de 2011

ResuRRección......

Bahía de la Olla. Altea
17 de Septiembre de 1965
3:55 CET

La luna llena inundaba de luz la bahía.
Sombras de infinitas formas plateadas, grises y negras, atravesaban con descaro las nubes y convertían la illeta en una inmensa sombra de aspecto redondeado..., magnética, invisible, envuelta en un halo de misterio que presagiaba la tragedia que se estaba gestando.

El Victoria III volvía de faenar. 
Los hombres se aprestaban a recoger el resto de la nasa, cuyo extremo sumergido aún ansiaba permanecer en el fondo, escamoteada entre las luces y las sombras de la noche y contoneándose con suavidad entre algas, esponjas, solitarios erizos y estrellas de mar, componiendo una suave y tenue melodía de sensaciones.

El aire se tornó frío y una borrasca repentina apareció por el horizonte cubriendo la luna por completo y sumiéndola en un agónico silencio. Las olas comenzaron a enseñar el blanco de sus entrañas como por arte de magia y un rugir in ascendo interrumpía por un momento el trabajo de los hombres en popa, que fruncían el ceño mientras intentaban mantener la mirada fija en el horizonte más oscuro, aquel que había hecho desaparecer el hermoso tono plateado del mar. Las olas fueron tomando altura en cuestión de minutos y comenzaron a invadir la zona en la que la nasa luchaba contra los hombres por permanecer en aquel silencio absoluto que era su reino más ansiado.
Casi sin poder reaccionar, y mientras aquellos aseguraban el resto de la nasa con unos cabos improvisados, un gigantesco muro de agua negra ribeteada de un blanco espectral, casi lunar, cubrió por completo el Victoria III durante lo que pareció una eternidad.

4:17 CET

Desde la cercana costa, Batiste se despertó de un sobresalto.
Se incorporó recostándose con dificultad, extendió la mano buscando el cable de la lámpara que, aletargada, respiraba a intervalos inciertos en la mesita, junto a él, y por fin, encendió la luz, cuando oyó un repentino grito ciego y mudo que parecía provenir del mar.
Batiste giró su cuerpo hacia el borde de la cama ayudado por sus dormidas piernas y, rascándose los ojos con brusquedad, buscó las alpargatas con los pies desnudos. Cuando consiguió ponérselas, no tras varios intentos frustrados, se levantó y salió por la puerta. Caminó por el pasillo hacia la terraza trasera de la casa, la que daba al mar, atraído por una negrura plateada que parecía llamarle desde el horizonte en ahogados susurros.

Salió a la terraza.

La noche era fresca –demasiado para esa época del año-.
Un repentino aire gélido le golpeó en la cara.
Dramáticas y veloces nubes formando cúmulos y cirros filtraban la luz plata y convertían el mar en una multitonal paleta de luces y sombras, que cambiaba a una velocidad casi irreal. La illeta aparecía y desaparecía como iluminada por un foco de luz blanca de 15.000w, sin apenas sombras. Las olas habían vuelto a su cadencia habitual, sin embargo, la espuma que llegaba a la orilla, caprichosa, deshinibida, confundida con el amplio y entrecortado rielar de la luna, delataba que algo no iba bien.
Batiste calló. Dejó de respirar por unos instantes para no perturbar el mudo sonido que intentaba escuchar. Sin conseguirlo y, con una extraña angustia que le recorría el cuerpo, a modo de súbita descarga eléctrica, entró de nuevo en la casa y, con paso firme, tomó una chaqueta del perchero de la entrada y poniéndosela mientras avanzaba decidido, bajó hasta la playa.

Y entonces les vio.


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Restos y restos de tantos Victorias, Marías, Esperanzas…

Trozos y partes de un todo, que una vez significaron algo para alguien, que dieron de comer a tantas familias, que sirvieron para salvar la vida de otros como ellos, pero menos afortunados, que hicieron sonreír a tantos padres y a sus hijos en días soleados de verano…

Tantas historias ocultas tras unos trozos erosionados por el tiempo, por las corrientes, por las emociones de un Mediterráneo caprichoso, que ahora resucitan para contarnos que un día fueron un todo, que un día tuvieron a alguien por quien luchar, por quien vivir, por quien estar…

Trozos que, a través del tiempo resucitan para traernos belleza, la belleza de los recuerdos, del paso del tiempo, de historias rotas que no debemos olvidar y que hacen que nos sintamos más vivos…


Con estos móviles, inspirados en los de Calder, mi más humilde homenaje a tantos hombres que han perdido la vida en el mar, así como a tantas y tantas personas que hacen del mar su modo de vida, su pasión, su todo.

[ResuRRección]   "Daniela"   Ene´11
Mi homenaje a ese nuestro mar Mediterráneo, cuna de exploradores, comerciantes, pensadores y buenas personas que a lo largo de la historia han contribuido para que nuestras generaciones podamos seguir disfrutando de su belleza.


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Por último, mi llamamiento para que todos aportemos  nuestro granito de arena con el fin de proteger ese mar que nos da la vida, que nos insufla de buenas energías, que nos sirve de horizonte para el mañana, para que las generaciones venideras puedan seguir disfrutando de él con toda su vida y energía.





[ResuRRección]   "Lola"   Ene´11

[ResuRRección]   "Iciar"   Ene´11



[ResuRRección]   "Cecilia"   Ene´11











































Es nuestra responsabilidad.

Patricia Mir
Enero 2011

Disponibles en exclusiva en Azul Tierra (Alicante, Madrid & Barcelona) 
y Villa d´Este (Altea)