XXI.-
Noviembre de 1909. Nueva York.
Sergei salió del puerto alemán de Bremen a bordo del Kronprinzessin Cecilie, un moderno vapor de bandera alemana. Tras hacer breves escalas en Southampton y Cherburgo, desembarcó, casi seis días después, en Nueva York, una fría mañana del 2 de Noviembre de 1909.
Nueva York se alzaba, entre brumas, imponente.
Su skyline ya impresionaba en aquel entonces.
El puente de Brooklyn se alzaba majestuoso dando la bienvenida al navegante.
Decenas de altísimos edificios, aún mostrando con descaro íntimas estructuras de hierro sujetas por miles de tornillos, vigilaban desde lo más alto y se intercalaban con sólidas edificaciones de piedra y ladrillo.
A pesar de las tempranas horas del día, la ciudad ya mostraba un movimiento inusual para Sergei y para los cientos de familias y anónimos solitarios que podía ver desde la amplia cubierta de primera clase, que viajaban a América en busca de unos sueños, de una esperanza.
Cuando apenas el barco tocó el muelle, tres fornidos marineros se dispusieron a instalar, prestos, una cómoda pasarela en la cubierta de primera y segunda clase. A continuación y, mientras el ilustre pasaje empezaba a descender hacia el muelle C del Hudson, para una rápida inspección de inmigración, los mismos marineros colocaron la de tercera, una vieja y oxidada plataforma, por la que deberían embarcar a un igualmente viejo y oxidado ferri, cuyo destino era la temida aunque esperanzadora Ellis Island, para el verdadero control de inmigración, que sólo era efectuado a los pasajeros de tercera.
El gobierno norteamericano suponía que si el pasaje de primera y segunda había podido pagar su billete, era razón suficiente para que éstos pudieran vivir en América sin tener que delinquir.
Sergei observaba con tristeza la imagen: Madres con seis y hasta ocho niños, cada uno con un hatillo bajo sus delgados bracitos, en el que portarían sus escasas pertenencias, con gesto de sorpresa ante todo lo que tenía lugar ante sus ojos. Viejos y jóvenes, parejas y solteros, niños y, sobre todo, mucha, mucha ilusión en sus ojos.
Sergei se fijó en una mujer embarazada que luchaba con un oficial para poder quedarse con una pareja de pollos, que llevaba en el interior de una jaula hecha con gruesas ramas de junco. Entre lágrimas, sujetando su gran hato de pertenencias con un brazo y tirando de la jaula con el otro, de la que salían plumas y un gran alboroto, la joven mujer se resistía con toda la fuerza que sus circunstancias le permitían. A tan sólo unos pasos, una niña que debía ser su hija, observaba la escena entre sonoros llantos. Sergei abandonó por un momento su papel de observador y se acercó, dispuesto a ayudar a la joven madre.
Para cuando casi había llegado a la escena de la “injusticia”, el oficial, sin duda tocado por la varita mágica de la bondad divina, dejó de oponer resistencia y, con gesto de resignación, y articulando algo incomprensible hizo una seña a la joven mujer para que ésta avanzara. La madre, dejando la jaula en el suelo, tomó la mano de la niña, que aún lloraba, se inclinó ante ella, y susurrándole unas palabras al oído, le dio un cariñoso beso en la frente, volvió a tomar la jaula y ambas continuaron.
Tras el rápido e impersonal control, Sergei buscó con la mirada a alguien. El asistente personal de su agente en América debía estar entre la multitud.
Tras unos minutos, un pequeño hombrecillo, elegantemente vestido con un traje de lana, hizo su aparición ante él.
-¿Sr. Rachmaninov…?, y llevándose la mano a lo alto de su sombrero, le dedicó una tímida reverencia con la cabeza y añadió:
-Pete Harper, para servirle, Sr. Rachmaninov. Me manda el Sr. Wolfsohn.
-Muchas gracias, Sr. Harper. Sí, le esperaba. –dijo Sergei, llevándose una mano al ala de su sombrero, a modo de saludo.
Aparcado unos metros más adelante, un reluciente Ford “T”, con su chófer marcialmente plantado delante de una de las puertas traseras, esperaba para recoger a Sergei y llevarle a su hotel.
Durante el trayecto, Pete Harper, sentado junto a él y mostrando gran diligencia, empezó por enumerar a Sergei el programa de su corta pero intensa gira: -Empezará su gira en Massachussets, donde dará 2 conciertos en Northampton, …-después volverá a Nueva York para dar otro…, -volverá a viajar, esta vez a … Rochester, luego… volverá a la ciudad y, coincidiendo con nuestra temporada fuerte previa a la Navidad, dará …2 conciertos en el Carnegie Hall.
-Después de Navidad, dará otros 3… -creo que ya se lo había adelantado en mi última carta, Sr. Rachmaninov….
Sergei escuchaba distraído la monótona vocecilla de su acompañante, observando todo cuánto sucedía a través de la ventanilla del automóvil.
-no…, creo que no ha habido ningún cambio desde entonces…
-murmuró dubitativo Harper.
-Tengo instrucciones, Sr. Rachmaninov, de llevarle directamente al hotel… -pero si gusta de hacer alguna otra cosa…
-Sí, Sr. Harper, me parece una buena idea, estoy algo cansado del viaje, -dijo Sergei interrumpiéndole con brusquedad y rezando por no oírle más en lo que quedaba de trayecto.
-Bien… -como usted …guste, …se…ñor, -dijo Harper ralentizando las últimas sílabas.
En su trayecto por la quinta avenida hacia el norte, Sergei pudo admirar el intenso bullicio de la ciudad, incluso a esas horas de la mañana.
Automóviles, tranvías, transeúntes y carruajes tirados por briosos caballos compartían protagonismo en desordenada armonía. Un policía, situado en el centro de un cruce intentaba ordenar el denso tráfico, a base de aspavientos con los brazos, sin conseguirlo. Un jovencito le distrajo.
-El Post…!
-Compren el Post…!
El coche retomó la marcha lentamente y la voz del jovencito se perdía en el ajetreo matutino conforme avanzaban.
Apenas en unos minutos, el Plaza hizo su aparición.
El impresionante edificio de 19 plantas, inspirado en la arquitectura del renacimiento francés, se alzaba majestuoso desafiando Central Park, compitiendo con él en grandiosidad, hermosura, bellas proporciones…
El auto describió una pequeña curva y procedió a estacionar ante la entrada del imponente edificio.
-Buenas tardes, señor… -Bienvenido al Plaza, -dijo un botones, impecable, mientras abría la puerta del automóvil.La habitación en la que se hospedaba Sergei miraba directamente al inmenso parque. La luz de la mañana se filtraba suavemente a través del fino visillo que cubría las ventanas de la espaciosa habitación.
Al igual que en el Hall, la decoración de la habitación era sobria y elegante, aunque aquí las lisas tapicerías en diversos tonos y mullidos cojines hacían la estancia más íntima y acogedora. El piano que el Sr. Wolfsohn le había prometido allí estaba, en el centro de la estancia. Sergei se descalzó, abrió la maleta, colocó la ropa ordenadamente en el interior del armario, sacó una viajada cartera de piel en la que guardaba partituras, cuadernos y diferente documentación y se tumbó en la cama.
Volvió a leer la carta que le había mandado su padre antes de partir. No se la podía quitar de la cabeza.
Querido Sergei,
Miro atrás en el tiempo y no puedo evitar pensar en todos los buenos momentos que pasamos juntos. Nuestras salidas a navegar por el lago, nuestras comidas en el bosque, nuestras conversaciones a la luz de las brasas.
Estoy perdido, querido hijo. He intentado una y otra vez salir y sin embargo no puedo.
La relación con tu madre se ha roto definitivamente. La última vez que fui a visitarla hizo que me prohibieran ver a las niñas. Cuando por fin conseguí hablar con ella, me dijo que no aceptaba mi comportamiento, que no podía ser una buena influencia para ellas, que tras la muerte del bebé ella había cambiado, Natalia había cambiado, todo había cambiado.
Le rogué una y otra vez que me dejara verlas, tenía que conocer a Tatyana y deseaba, con todas mis fuerzas, ver a Irina, comprobar cómo había crecido.
Ella se negó una y mil veces. Dijo que no volviera nunca, que había estado mucho tiempo sola, y podía seguir así, que no me necesitaba.
Estoy desesperado.
Te escribo esta carta porque tú eres el único que me puede ayudar.
El alcohol ha acabado con mi vida y está acabando conmigo. No me queda nada.
Te suplico, querido hijo, que me ayudes.
Con todo mi amor, tu padre,
Vasily
-Riiing…Riiing…Riiing…Riiing…
Sergei abrió levemente los ojos.
-Riiing…Riiing….
-Dígame! –contestó Sergei, tomando el auricular con una mano.
-Sr. Rachmaninov, el Sr. Harper le espera en recepción.
-Ah…sí… humm… -Dígale que estaré abajo en quince minutos.
-De acuerdo, Sr. Rachmaninov, así lo haré. -Buenas tardes, señor.
Miró el reloj. Eran más de las tres de la tarde. Había dormido cerca de cinco horas… Ahora lo recordaba, tenía que reunirse con el Sr. Wolfsohn para firmar el contrato, recoger el programa, sus billetes de tren…
En menos de veinte minutos se encontraba (¡Otra vez!) con Harper en recepción.
-Buenas tardes, Sr. Rachmaninov. –Espero que se encuentre a gusto en la habitación que le hemos reservado y que haya descansado, -dijo Harper, midiendo sus palabras.
-Sí, muchas gracias, Sr. Harper -contestó Sergei cortante.
Mientras avanzaban por Central Park South hacia el Oeste para tomar Columbus Circle, Sergei no pudo evitar sentir una profunda tristeza al recordar las duras palabras que brotaban con fuerza de la carta de su padre y le golpeaban en lo más hondo.
El auto tomó Columbus Circle y se desvió por Broadway hacia el norte.
Al cabo de unos minutos llegaron al lujoso edificio que albergaba las oficinas del Sr. Wolfsohn, en la 66 con Broadway.
Henry Wolfsohn, productor musical que se había hecho un importante hueco en la industria, le recibió con una amplia y sincera sonrisa, abandonando por un momento su sillón de piel para ir a recibirle con los brazos abiertos y gran efusividad.
-Sr. Rachmaninov…! Sea bienvenido a Nueva York!
-Sr. Wolfsohn, es un placer, -dijo Sergei, gratamente sorprendido ante la sincera emoción que demostraba su futuro patrono.
-Siéntese, por favor, Sr. Rachmaninov. –dijo Wolfsohn señalando con la mirada un pequeño chester de piel que había frente a la chimenea y abriendo el brazo al mismo tiempo.
Sergei tomó asiento, así como Wolfsohn, que dirigió una fugaz mirada a Harper para que hiciera lo mismo.
-Espero que esté todo a su gusto en el hotel –comenzó diciendo Wolfsohn- y que el Sr. Harper le haya puesto al corriente de todo…
-La verdad, Sr. Wolfsohn, es que he llegado y no he hecho absolutamente nada… -dijo Sergei juntando las palmas de sus grandes manos sobre sus rodillas.
-Bueno, no se preocupe, Sr. Rachmaninov, para eso estamos aquí.
-Empezaremos por revisar el programa, si le parece… -dijo Wolfsohn, mientras tomaba con decisión una carpeta que le ofrecía atento Harper.
-Antes de nada, Sr. Rachmaninov, quiero que sepa que en Nueva York está todo el mundo muy nervioso ante su llegada. -Los ecos de su nuevas composiciones han llegado antes que usted y estamos todos impacientes.
-Bueno, espero no defraudarles… -La verdad es que he trabajado muy duro estos últimos años… -contestó Sergei ruborizado.
-Estoy completamente seguro de que no les defraudará, Sr. Rachmaninov, dijo Wolfsohn, tomando una caja de madera de la mesa y ofreciendo un cigarro habano a Sergei.
Mi pequeño homenaje a la ciudad de Nueva York en fotos: